“Empastillar” la vida

Pastillas1

Me da la impresión de que estamos tratando de sustituir la Vida por pastillas que amortigüen su presencia e impacto.

En muchas situaciones pertenecientes al transcurso natural de la Vida, que está formada por llegadas y despedidas, por principios y por finales, parece que preferimos dejar de sentir las emociones que nos ayudan a pasar etapas y tratamos de entumecer, de embotar nuestras percepciones a fin de evitar el dolor necesario para poder transitar por el cierre de ciclo y poder abrir otra etapa en la que desarrollarnos.

Hemos tomado como costumbre que ante cualquier revés que nos afecta, nos vamos al médico para que nos recete la “píldora de la felicidad”, esa que nos atenúa las sensaciones, que nos aporta un ambiente interior descolorido, en el cual podemos transitar sin alteraciones, sin dolor, sin llanto y sin poder efectuar el duelo que merece lo perdido.

Una complicación añadida es que estas pastillas nos colocan ante dos alternativas: o seguimos tomándolas el resto de nuestra vida, volviéndonos adictos a sus efectos o pasado un tiempo las dejamos de tomar y el duelo nos está esperando para ser llevado a cabo.

Porque los problemas no se disipan por tomar una sustancia moduladora de las emociones; la realidad es muy terca y nos espera, con paciencia y tesón, deseando ser abordada, asumida, asimilada y así poder seguir adelante en diferentes condiciones personales. Porque los obstáculos y pérdidas que nos presenta la Vida en el camino es lo que nos hace evolucionar, fortalecernos, aprender y tener sensación de ser capaz de resolver los retos.

Si no tenemos experiencia de enfrentarnos al dolor y superar el desafío que nos lanza, logrando así confiar en nuestra fuerza, en la capacidad de resolver problemas, en el desarrollo de nuestras capacidades y apoyo en recursos, nunca sabremos sentirnos fuertes y dignos.

Eso que estamos haciendo los adultos también lo estamos trasladando a nuestros niños. Les estamos evitando las frustraciones, el esfuerzo para superar los inconvenientes, no les damos ocasión de medir sus fuerzas y así les vamos creando una sensación de impotencia, de que les es debido un camino libre de obstáculos y la creencia de que el mundo se comportará con ellos como lo hacen sus padres y educadores.

Sabemos que eso no es cierto y flaco favor les estamos haciendo si no los entrenamos en el uso proporcionado y progresivo de sus recursos, fortalezas, aptitudes y capacidades para ir superando retos, de manera que aprendan a saber que son capaces, que pueden confiar en sí mismos y que saben enfrentarse a los requerimientos que la Vida les va a plantear.

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