El laberinto

Hacía tiempo que no compartía un cuentecito. Este tiene un gran mensaje

laberinto-verde

Siempre le habían gustado los enigmas… Desde chico se había desafiado a sí mismo en todo crucigrama, acertijo, laberinto, criptograma y problema de ingenio se le había presentado. Con mayor o menor éxito, había usado gran parte de su vida y de su cerebro en resolver problemas que otros habían inventado. Por supuesto que no era infalible, pasaron por sus manos muchos acertijos que eran demasiado complicados para él.

Frente a ellos, Joroska hacía lo mismo: los miraba un rato largo y definía de un vistazo, como experto que era, si este problema pertenecía o no al grupo de los insolubles. Si su mirada confirmaba que lo era, Joroska tomaba aire y de todas maneras se lanzaba a buscar la solución.

Comenzaba entonces la etapa de la frustración porque aparecían las preguntas imposibles, caminos cerrados, símbolos intrincados, palabras desconocidas, planteamientos imprevisibles. Joroska había descubierto hacía tiempo que esa era también su actitud frente a la vida. ¿Sería por eso que estos enigmas empezaban a aburrirlo?

El caso es que poco tiempo después de la tentativa, se aburría cósmicamente y abandonaba el problema. Lo ideal sería crear los propios acertijos a medida, se dijo. Pero inmediatamente se dio cuenta de que eso haría perder interés al enigma mismo.

Un poco jugando y un poco animado por la idea de ayudar a otros que, como él, quisieran resolver estos enigmas, comenzó a crear dilemas, juegos de palabras, de números, problemas de lógica y planteamientos de pensamiento abstracto… Pero su gran obra fue la construcción del laberinto.

En el fondo de su enorme casa, empezó, los días de sol y paz, a levantar paredes, ladrillo por ladrillo, para armar a escala natural un enorme laberinto.

Pasaron años. Y el laberinto crecía y crecía en el fondo de la casa. Joroska lo complicaba más y más. Casi sin darse cuenta, el intrincado laberinto tenía cada vez más caminos sin salida.

La construcción se transformó en parte de su vida. No había día en que Joroska no agregara algún ladrillo, tapiara una salida o prolongara una curva para hacer más difícil su recorrido.

¿Cuándo fue? Diría yo que alrededor de veinte años después.

El fondo de su casa no alcanzaba para seguir construyendo y entonces el laberinto empezó, casi naturalmente, a incluirse en su propia casa. Para ir del dormitorio al baño, había que dar 8 pasos al frente, girar a la izquierda, dar 6 pasos, luego a la derecha, bajar 3 escalones, caminar 5 pasos, doblar otra vez a la derecha, saltar un obstáculo y abrir una puerta… Para ir a la terraza había que inclinar el cuerpo sobre la pared izquierda, rodar unos metros y subir por una escalera de soga hasta el piso alto….Así, poco a poco, su casa se fue transformando en un gran laberinto, de tamaño natural.

Al principio, esto lo llenó de satisfacción. Era divertido transitar esos pasillos que lo conducían también a él, a veces, a rutas sin salida (era imposible recordar todos los caminos en la memoria).

Era un laberinto a su medida.

A su medida.

…Joroska nunca encontró a nadie que quisiera vivir con él en ese lugar.

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