Depresión por éxito ¿de verdad?

espejo

Unas palabras que he oído en una entrevista de radio me han hecho reflexionar lo que ahora comparto con vosotros.

En la facultad me llamó mucho la atención descubrir que existe la “depresión por éxito” ¿es posible que eso pueda suceder? me preguntaba desde la inexperiencia.

Pues sí, es una situación que sucede a quienes asumen como propias las metas ajenas, luchan por conseguirlas y al llegar a la cima, se encuentran en un lugar al que jamás habían querido llegar.

Pongamos un ejemplo. Imaginemos a una persona que nace en una familia en la que hay una tradición profesional determinada: una saga de médicos, de empresarios, de funcionarios, de toneleros o de cualquier trabajo o función que podamos imaginar. Es un testigo que se han pasado de una generación a otra y nunca ha habido ni el más mínimo indicio de rebelión o rechazo del traje que ya tenían cortado para el siguiente heredero de la saga.

Pero llega un momento en que el descendiente no quiere ser ni médico, ni funcionario ni tonelero o lo que sea que le entregan. A esa persona le tira la vocación de ser cualquier otra cosa: navegante, sastre, mecánico, empresario, tañedor de laúd e incluso, en los casos más irreverentes, psicóloga.

Si esa persona sigue la tradición, se hace cargo de la antorcha familiar, seguro que pone todas sus fuerzas para llegar hasta la meta, pues entiende que no puede decepcionar ni traicionar a sus cinco o seis antepasados, aquellos que mantuvieron ese camino vital abierto y designado.

Se esfuerza, se supera, descuella y llega a la máxima expresión de éxito. Y una vez en la cima, se deprime; se pregunta ¿qué hago aquí? Y reconoce que no quería llegar hasta ese lugar, que ha asumido una meta equivocada, que no es la suya, que se la han “vendido” o impuesto y que para alcanzar el éxito que querían otros ha abandonado su verdadera vocación, su llamada vital.

En ese momento se abren ante la persona dos caminos opuestos: bien sigue adelante con lo que le han encargado, al precio de seguir triste el resto de su vida y sentir el desperdicio que ello supone o bien rompe con todo, traiciona las esperanzas que representaba en su linaje profesional y aprende a tocar el laúd (o se hace psicóloga, que es vox populi que estamos muy “tocaos”).

¡Qué difícil decisión! ¡Qué encrucijada más tremenda! Da mucho miedo romper con todo, pero creo que aún debería dar más miedo quedarse en el camino ajeno.

Por eso es muy importante que pensemos muy bien las metas que nos marcamos, que las analicemos hasta ver que encajan con nuestras necesidades, habilidades y aspiraciones. Y entonces, desde ese punto de reconocimiento y aceptación de sí mismo, adelante a esforzarse para llegar a nuestra propia cima, desde donde nos sentiremos dueños de nuestra vida.

Cuando los dioses nos quieren castigar, nos conceden lo que les pedimosOscar Wilde

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