DISFRUTAR DE LA VIDA

Fruta1

Casi nadie asocia la palabra “disfrutar” con su antecesora lingüística la más popular “fruto”. Dis-frutar significa, aún desde su origen, aprender a tomar del árbol de la vida cotidiana sus más preciados frutos y paladearlos. Saborear cada cosa, cada momento, alegre o triste, extraordinario o cotidiano, siempre intensamente. Degustar el simple hecho de vivir.

Qué estúpido sería tomarse el trabajo de plantar un árbol, sostenerlo, cuidarlo y ayudarlo a crecer grande, fuerte, apetitoso y tentador para después, por descuido, por distracción, por miedo o por culpa, no tomar de sus frutos para deleitarse con sus sabores. Qué tonto sería tomarse el trabajo de hacer crecer frutos sabiendo que uno nunca los comerá ni planea dejarlos para que otros coman. Es triste hablar con gente que cuenta que nada les llama la atención, nada los excita, nada los apena demasiado ni les da demasiado placer…

Siguiendo con la metáfora del árbol, éste representa la vida que cada uno construye y los frutos como los resultados de todo ese trabajo; me doy cuenta de que muchos son los que se han pasado toda la vida preparando la tierra, aireando el terreno, comprando abonos y fertilizantes, viajando para buscar semillas más y más sofisticadas, plantones de los más raros y tutores muy específicos… y no disfrutan de la cosecha.

Hay personas que han gastado fortunas en el planes de riego y han dedicado un tiempo y un esfuerzo incalculables para conseguir hacer crecer esos árboles, sacrificando todo para verlos grandes y fuertes… y ahora cuando se encuentran con los frutos al alcance de sus manos, prontos para ser saboreados, en ese preciso momento, no pueden, no saben o no se animan a disfrutar de ellos.

Hombres y mujeres que parecen ignorar que en gran medida lo que le da sentido a la siembra es la posibilidad y la decisión de disfrutar de la cosecha o el placer de poder compartirla con los demás.

Hace algún tiempo:

El viejo maestro lloraba desconsoladamente sentado en el suelo. El discípulo le preguntó que le ocurría y el anciano le dijo:

-Sin darme cuenta he perdido una joya inigualable. Se trata de un brillante de valor incalculable enmarcado entre veinticuatro piedras preciosas, a cual más hermosa y alrededor de cada una de ellas sesenta pequeños diamantes irreemplazables.

-Te comprendo, yo no sé si podría soportar la pérdida de tamaña joya- dijo el discípulo – pero me sorprendes… siempre pensé que las cosas materiales no te importaban en absoluto…

– Tú no entiendes – dijo el maestro poniéndose de pie – La joya que he perdido es un día de mi vida.

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