LA ALEGORÍA DEL CARRUAJE

Carruaje1

En el mito del carro alado el principal interés de Platón es el interés ético, es decir, insistir en que el elemento racional tiene derecho a gobernar los otros elementos, actuando como un auriga.

“El cuerpo humano es el carruaje; el yo, el hombre que lo conduce; el pensamiento son las riendas, y los sentimientos, los caballos.” (Platón)

Cuento basado en el mito:

Un día de octubre, una persona me dice:

-Sal a la calle que hay un regalo para ti.

Entusiasmado, salgo a la puerta y me encuentro con el regalo. Es un precioso carruaje estacionado frente a la puerta de mi casa. Es de madera de nogal lustrada, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica blanca, todo muy fino, muy elegante. Abro la portezuela de la cabina y subo. Me siento y me doy cuenta que todo está diseñado exclusivamente para mí, está calculado el largo de las piernas, el ancho del asiento, la altura del techo… todo es muy cómodo, y no hay lugar para nadie más.

Entonces miro por la ventana y veo “el paisaje”: de un lado la fachada de mi casa, del otro la fachada de mi vecino… y digo: “¡Qué genial este regalo!” “¡Qué bien, qué chulo…!” Y me quedo un rato disfrutando de esa sensación.

Al rato empiezo a aburrirme; lo que veo por la ventana es siempre lo mismo.

Me pregunto: “¿Cuánto tiempo uno puede ver las mismas cosas?” Y empiezo a convencerme de que el regalo que me hicieron no sirve para nada. De eso me ando quejando en voz alta cuando pasa mi vecino que me dice, como adivinándome:

-¿No te das cuenta que a este carruaje le falta algo?

Yo pongo cara de qué-le-falta mientras miro las alfombras y los tapizados.

-Le faltan los caballos – me dice antes de que llegue a preguntarle.

Por eso veo siempre lo mismo -pienso-, por eso me parece aburrido.

-Cierto – digo yo.

Entonces voy hasta el establo y le ato dos caballos al carruaje. Me subo otra vez y desde adentro les grito:

-¡¡Eaaaaa!!

El paisaje se vuelve maravilloso, extraordinario, cambia permanentemente y eso me sorprende. Sin embargo, al poco tiempo empiezo a sentir cierta vibración en el carruaje y a ver el comienzo de una hendidura en uno de los laterales causada porque los caballos me conducen por caminos terribles; caen en todos los baches, se suben a las aceras, me llevan por barrios peligrosos.

Me doy cuenta que yo no tengo ningún control de nada; los caballos me arrastran a donde ellos quieren. Al principio, ese viaje era una aventura pero al final siento que es muy peligroso. Comienzo a asustarme y a darme cuenta que esto tampoco sirve.

En ese momento veo a mi vecino que pasa por ahí cerca, en su auto. Lo insulto:

-¡Malvado, mire en qué peligro me ha metido!

Me grita:

-¡Te falta el cochero!

-¡Ah! – digo yo.

Con gran dificultad y con su ayuda, frenamos los caballos y decido contratar un cochero. A los pocos días asume funciones. Es un hombre formal y serio, con cara de mucha profesionalidad. Me parece que ahora sí estoy preparado para disfrutar verdaderamente del regalo que me hicieron. Me subo, me acomodo, asomo la cabeza y le indico al cochero a dónde ir. Él conduce, controla la situación, decide la velocidad adecuada y elige la mejor ruta.

Yo… Yo disfruto el viaje.

Hemos nacido, salido de nuestra casa y nos hemos encontrado con un regalo: nuestro cuerpo.

A poco de nacer nuestro cuerpo registró un deseo, una necesidad, un requerimiento instintivo, y se movió. Este carruaje no serviría para nada si no tuviera caballos; ellos son los deseos, las necesidades y las emociones. Todo va bien durante un tiempo, pero en algún momento empezamos a darnos cuenta que estos deseos nos llegaban por caminos un poco arriesgados y a veces peligrosos, y entonces tenemos necesidad de frenarlos y encauzarlos.

Aquí es donde aparece la figura del cochero: nuestra cabeza, nuestro intelecto, nuestra capacidad de pensar racionalmente. El cochero sirve para evaluar el camino, la ruta. Pero quienes realmente tiran del carruaje son tus caballos.

No permitas que el cochero los descuide. Tienen que ser alimentados y protegidos, porque…

¿qué harías sin los caballos? ¿Qué sería de ti si fueras solamente cuerpo y cerebro?

Si no tuvieras ningún deseo, ¿cómo sería la vida? Sería como la de esa gente que va por el mundo sin contacto con sus emociones, dejando que solamente su cerebro empuje el carruaje.

Obviamente tampoco puedes descuidar el carruaje, porque tiene que durar todo el proyecto. Y esto implicará reparar, cuidar, afinar lo que sea necesario para su mantenimiento.

Si nadie lo cuida, el carruaje se rompe, y si se rompe se acabó el viaje…”

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